FORT-DA - GABRIEL ÁNGEL
Jugar es cosa seria. Antes de convertirse en mercancía, el juguete ya era una manera de poner el mundo al alcance de las manos,Con la producción en serie y el plástico, héroes, soldados, muñecas y personajes del cine y la televisión empezaron a fabricarse por millones.

Con ellos circulaba también una idea de la infancia: imágenes de fuerza, belleza, obediencia y bondad con las que un niño empieza a imaginar quién es, sin que nadie tenga que darle la lección.
En la Serie Fort-Da, se explora el juguete como objeto cultural y simbólico, en cuya materialidad se inscriben imaginarios de infancia, poder e identidad. A través de una pintura hiperrealista que recurre a la escala y la grisalla, Gabriel Ángel revela la tensión entre la permanencia del objeto y la desaparición de las historias que contiene, evocando el juego como una forma de elaborar la ausencia y la pérdida. A lo largo de la exhibición, esculturas cerámicas de pelotas de diferentes colores acompañan el recorrido. La pelota, objeto que se lanza y regresa, es la imagen genealógica, el primer recuerdo y el punto de partida de la presente búsqueda.
Gabriel Ángel se detiene en aquello que la cultura popular nos invita a pasar por alto: los brillos, las juntas, las imperfecciones de figuras que, por un instante, dejan de ser personajes y revelan su condición de objetos fabricados. La precisión con la que construye sus volúmenes les confiere una presencia casi tangible. Agrandados, despojados de color, reunidos en una retícula o enfrentados en escalas desiguales, los juguetes dejan de circular entre manos de niño y quedan expuestos a una mirada prolongada. La escala reparte el poder; la grisalla los convierte en vestigios.
Pero la infancia no consiste solo en imitar modelos. Es también el lugar de las primeras pérdidas. En Más allá del principio del placer, Sigmund Freud examinó el juego de su nieto, que arrojaba y recuperaba un objeto mientras pronunciaba fort («se fue») y da («aquí está»). Freud interpretó esa secuencia como una representación de la ausencia y el regreso de la madre: aquello que el niño no podía controlar en la realidad podía, al menos en parte, elaborarlo mediante el juego. El objeto se convertía así en intermediario entre la pérdida y la posibilidad de hacer algo con ella.
Esa pérdida atraviesa la serie. Los juguetes sobreviven a sus dueños: pierden el brillo, terminan en un cajón, pero conservan la huella de una historia íntima que ya no conocemos. La materia permanece; la historia se fue. En la cabeza de muñeca, interrumpida por una trama de puntos que atraviesa los ojos y la boca, el volumen persiste, pero la expresión se nos escapa. Algo permanece ante nosotros y, sin embargo, una parte de su significado se retira.
No hay aquí nostalgia complaciente. Hay ternura y amenaza, reconocimiento y distancia. La pintura no nos devuelve la infancia: nos devuelve los objetos y nos obliga a preguntarnos qué hicieron con nuestra imaginación.
Por: Jorge Piotrowski

